“Marc Rich, el oscuro Rey del Petróleo”

(Sunday Magazine of ABC, one of Spain’s largest newspapers, 5.12.2009)

Buscado por el FBI en los ochenta, ha colaborado con la CIA y el Mossad, ha hecho negocios con el Irán de Jomeini, con el Chile de pinochet, con la Sudáfrica del Apartheid… Bussines is bussines. Tanto que llegó a desafiar a las siete grandes compañías petroleras del mundo y a controlar una producción superior a la de Kuwait. Refugiado en su villa de Suiza, a los 74 años, cuenta por primera vez su vida. De película.

Los periodistas de la revista Forbes tuvieron una espina clavada durante tres décadas. Se llama Marc Rich y mientras fue el rey del petróleo no hubo algoritmo que sirviese para calcular su fortuna, amasada en las cloacas del comercio mundial.Por eso, en la lista de multimillonarios que Forbes publica cada año figuraba un asterisco junto al empresario de origen belga, ascendencia judía, residencia suiza, entonces prófugo de la justicia estadounidense y con doble pasaporte: español e israelí. Reconocían así que las estimaciones habían sido hechas a ojo de buen cubero y siempre tirando por lo bajo. Ahora, cuando Marc Rich ya ha cumplido 74 años y es una sombra de lo que fue, aunque se niega a abandonar, por pura adicción, la selva de los negocios, Forbes por fin puede catalogar a Rich de manera irrebatible: 1.500 millones de dólares, un modesto puesto 468 en la lista de los más ricos del mundo.

Enigmático y reservado, Marc Rich, alias Goldfinger (Dedos de oro), siempre tuvo la boca cerrada: en los buenos negocios, y si son turbios más todavía, impera la ley del silencio. Por eso ha causado tanto revuelo que haya accedido a contarle su vida a un periodista suizo, Daniel Ammann, el primer sorprendido. El resultado es una biografía nada complaciente: The King of Oil. The Secret Lives of Marc Rich (St. Martin’s Press)*, que se acaba de publicar en Estados Unidos, donde el Departamento de Justicia llamó a Rich en los ochenta «el empresario más corrupto de América» y el FBI publicó su foto en un cartel de «Se busca».

[*Spanish Edition (2011): El Rey del Petróleo: La apasionante y polémica vida del fundador de Glencore. Madrid: Martinez Roca. ISBN: 978-84-270-3787-8.]

Pero él no se considera un delincuente. «Me mueve lo mismo que a la mayoría de la gente: la ambición. La humanidad se ha desarrollado gracias a ella. Algunos quieren escalar más alto; otros, correr más rápido; otros, volar… Yo siempre quise triunfar en los negocios. Me encantan. Disfruto cada dólar que gano como si fuera el primero», explica en su mansión suiza de Meggen, La Villa Rose, a orillas del lago Lucerna, rodeado de picassos, renoirs y monets, fumando un eterno Cohibas y bebiendo rioja (Imperial Reserva de bodegas CVNE). Habla sin remordimientos. Sobornar, violar embargos internacionales o dar soplos a los servicios de inteligencia son gajes del oficio. «Los negocios son neutrales. No entienden de política o religión. Si eres demasiado quisquilloso, no haces negocio.»

Con semejantes credenciales, resulta conmovedor cuando confiesa que tiene miedo de arruinarse. Un terror arraigado desde niño, cuando su padre, chatarrero en Amberes, metió a la familia en un Citroën y huyó con lo puesto de los nazis en plena invasión de Bélgica. Rich no había cumplido seis años, pero recuerda el alarido de los Stukas alemanes bombardeando las carreteras, el caos de los refugiados en el puerto de Marsella que se peleaban por coger el primer barco, la negativa de los judíos devotos a embarcarse un sábado, en contraste con el pragmatismo de su padre (rasgo que heredó). «Cuando está en juego la vida, las leyes del Sabbath pueden romperse.» La familia Reich (que americanizó su apellido convirtiéndolo en Rich) empezó de cero en Estados Unidos. «Lo habíamos perdido todo, menos la vida.» Se establecieron en Nueva York y prosperaron gracias a una sociedad de importación de yute creada por el padre. Marc no culmina los estudios universitarios, como soñaba su padre. En cambio, entra como aprendiz en una empresa y pronto da muestras de su olfato comercial y su habilidad para ganarse aliados insospechados. En 1964, con 29 años, lo nombran director de la filial española y se instala en Madrid. Fue amor a primera vista. «Me gustó tanto España que me convertí en español.» Aún hoy come y cena a horas españolas; se enamoró de su primera mujer, Denise, haciendo turismo por Galicia; en España nacieron dos de sus tres hijas, con las que siempre procuró hablar en castellano para que no perdiesen el idioma. Y se rodea de criados y secretarias españoles. Tiene una residencia de estilo árabe en Marbella, valorada en ocho millones de euros. Y pasó en España los años más felices de su vida. «Trabajaba quince horas diarias en una oficina alquilada en la Torre de Madrid, incluidos sábados y domingos. Yo vivía en el mismo edificio para no perder tiempo en desplazamientos.»

Sus negocios en la España franquista serán casi siempre lucrativos y se prolongarán durante todos los gobiernos de la democracia, favorecidos por una agenda de amistades inagotable, plagada de aristócratas, financieros y tantos ex ministros que podría formar un gabinete alternativo. Tiene intereses en bancos, hoteles, sociedades mineras y empresas de seguridad. Se asocia con Mario Conde. Hospeda al matrimonio Boyer en su mansión. Crea una fundación presidida por el escritor y premio Nobel Camilo José Cela. Recibe la nacionalidad española en 1982, durante la presidencia de Leopoldo Calvo Sotelo… Y su nombre aparece en un sinfín de asuntos grisáceos: desde un gigantesco fraude del IVA en los noventa hasta la reciente venta del estadio Vicente Calderón, pasando por el naufragio del Prestige, aunque negó ser socio del dueño del fuel.

Con tres colegas, Marc Rich había formado su propia compañía en 1974: Rich+Co, con sede en Zug, un paraíso fiscal suizo. Su secreto es de una sencillez elemental: «Comprar lo más barato posible y vender al precio más caro». Es un advenedizo, pero desafía a las siete grandes compañías petroleras y llegará a controlar una producción superior a la de Kuwait. Gana sus primeros mil millones de dólares durante la crisis del petróleo de 1979. No tiene ningún inconveniente en hacer negocios con el Irán de Jomeini en pleno embargo estadounidense por la crisis de los rehenes. Y consigue lo nunca visto: que Israel e Irán, enemigos históricos, colaboren en secreto en la construcción de un gasoducto. Le compra el barril a cinco dólares a los ayatolás, una bicoca. Y lo vende a Sudáfrica, sancionada por el apartheid. Rich se mete en todas las alcantarillas: compra cobre en el Chile de Pinochet; oro en el Congo; aluminio en la Unión Soviética; petróleo en Angola, Libia e Iraq. Colabora con la CIA y con el Mossad. «A veces sabíamos informaciones críticas, en especial sobre Irán, antes que la CIA», apunta un empleado. Informaciones que tenían un precio, en metálico o en favores. «Mi lema es dar y recibirás», sentencia Rich. En cuanto al Mossad, Rich cambia el discurso del interés por el del altruismo: «Soy judío y mi deber es ayudar a Israel. Quise ser útil».

Un joven y ambicioso fiscal, Rudolf Giuliani, futuro alcalde de Nueva York, lo acusa de cincuenta delitos de evasión de impuestos. Mark Rich, que por entonces vivía en Manhattan con su mujer y sus hijas, huye a Suiza con la familia, en un exilio inverso al que vivió de niño. No volverá a poner pie en suelo estadounidense, aunque nunca han conseguido llevarlo a juicio. Rich asegura que intentaron secuestrarlo y, al fracasar, trataron de camelárselo. «Me dijeron que serían unos pocos meses de cárcel. Que perdería algo de peso y poco más. Nada de esposas. Pero les respondí que no pasaría ni un solo día en prisión, porque no había cometido ningún crimen.»

Recluido en La Villa Rose entre grandes medidas de seguridad, apenas viaja y sólo a lugares donde tiene la certeza de que no puede ser extraditado. Su mujer, Denise Eisenberger, guapa y de familia acomodada, añora la vida neoyorquina, pero se adapta mejor que él a este retiro dorado. Se habían conocido en una cita a ciegas, algo no infrecuente en círculos judíos, organizada por la madre de Rich. Él se declaró seis meses después, cenando en el Parador de Santiago de Compostela.

Denise comenzará en Suiza una exitosa carrera escribiendo canciones para artistas como Aretha Franklin o Diana Ross. Mientras, su marido está cada vez más agobiado por la persecución del FBI. Se va a esquiar a St. Moritz y ella viaja con frecuencia a Estados Unidos y recupera el pulso de su vida social. En la estación de esquí, Rich conoce a una ex modelo alemana, Gisela Rossi, viuda de un industrial italiano. Se convierten en amantes. Denise recuerda aquella época con amargura. «Marc era muy ingenuo con las mujeres. Nunca tuvo novias. Estaba muy verde y cayó en la primera trampa.» Según Denise, St. Moritz estaba plagado de cazafortunas que leían Forbes para buscar marido. Aguantó los cuernos durante dos años. «Pero esta mujer, Gisela, era muy manipuladora. Tenía un montón de amigos que la ayudaban. Para ellos era divertido robar un marido. Además, siempre era puntual», recuerda con ironía.

Éste era uno de los reproches habituales en la pareja: «Se pasaba mucho tiempo con su música y hay ciertos aspectos de su carácter que me molestan, como su impuntualidad recalcitrante», dice él de Denise. El divorcio hubiera sido amistoso si Rich, tan sagaz para los asuntos comerciales, hubiera tenido una pizca de consideración para los sentimentales. Sus abogados le ofrecieron a Denise tres millones de dólares en efectivo. Ella lo consideró un insulto. Contraatacó y le sacó 365 millones. Seis meses más tarde, en junio de 1996, Rich se casó con Gisela, con quien ya convivía. «Negocios aparte, el mayor error de mi vida fue casarme por segunda vez. Al principio funcionó, luego Gisela se volvió una mimada y sólo quería más dinero y más posesiones. No lamento haberme divorciado de Denise, pero sí haberme casado con Gisela.» Se divorciaron en 2005. «Prefiero no recordar cuánto me costó ese divorcio, pero bastante menos que el de mi primera mujer.»

Lo peor, con todo, estaba por llegar. Un inexperto broker de su compañía quiso dar un pelotazo. Compró cinc en cantidades desmesuradas para estrangular el mercado y especular con el precio, pero la burbuja se desinfló y la firma perdió 172 millones de dólares en cuestión de horas. Fue el peor negocio de su vida. «Mis subordinados eran jóvenes. Tuvieron una tentación. Pero no tenían la experiencia.» Sus socios le piden cuentas. «Era débil y olfatearon mi debilidad. Me pusieron el cuchillo en la garganta.» Y en 1994 vendió su participación en la empresa.

Un par de años más tarde, Rich está sumido en una depresión y abusa del alcohol. Su hija Gabrielle, enferma de leucemia, se estaba muriendo en un hospital de Estados Unidos y él se arriesgaba a ser detenido si la visitaba. «No vengas, papá, por favor», le suplicó Gabrielle. Él sondeó con las autoridades la posibilidad de que hiciesen la vista gorda, pero ya no era todopoderoso. Se despidió de su hija por teléfono. «El dolor todavía permanece después de tantos años. Soy feliz de nuevo, pero menos de lo que solía cuando Gabrielle estaba viva. Visito regularmente su tumba, que trasladé a Israel», rememora.

Dona 150 millones a causas filantrópicas, funda una nueva sociedad de inversiones, se convierte en un mecenas de las artes, financia investigaciones contra el cáncer, es investido doctor honoris causa por una universidad israelí… El presidente Bill Clinton, en el último día de su mandato, perdona todos sus delitos en 2001. El escándalo es mayúsculo. Se especula que la amnistía es un pago de favores, pues Denise, su ex esposa, podría haber donado un millón de dólares al Partido Demócrata. Lo cierto es que a la Casa Blanca habían llegado decenas de cartas de todo el mundo pidiendo clemencia para Rich, firmadas por personalidades como el primer ministro de Israel, Ehud Barak, o el premio Nobel de la Paz Simon Peres. «Lamento que el presidente Clinton fuese tan criticado por mi perdón. Y no, no di dinero a mi ex mujer a cambio de su ayuda. Y tampoco pienso volver nunca a Estados Unidos. Su sistema de justicia es peculiar. Y no es posible asegurar que todos los procedimientos legales están finiquitados. Puede que tengan una multa de aparcamiento mía sin pagar de hace 30 años y que lo conviertan en un gran caso. Buscarían cualquier excusa para detenerme. No quiero exponerme a eso.»

Su secretaria de toda la vida, la española Úrsula Santo Domingo, le recomienda que se retire de una vez y disfrute de su fortuna. Pero Marc Rich sigue al pie del cañón. Quizá ha perdido algo de olfato; si no, no se explica que un perro viejo como él perdiese de diez a quince millones de dólares en la estafa de Madoff. En cuanto a la vida privada, su asignatura pendiente, nunca fue un dandi, pero hasta hace unos meses mantuvo un romance crepuscular con la periodista Dolores Sergueyeva, nieta de la Pasionaria, 25 años más joven que él. «Mi bella flor», la llamaba. El viejo león ruge de nuevo. ¿Cuál es la apuesta de Rich para el futuro? Responde sin dudar: «Agua y energías. Yo invertiría en parques eólicos y en centrales nucleares».

Carlos Manuel Sánchez

Source: http://xlsemanal.finanzas.com/web/articulo.php?id=50038&id_edicion=4727

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